[Libre y salvaje, Ignacio Dean]

Durante un viaje sucede un curioso proceso: cuanto más veo, menos sé. Por un lado te llenas de experiencias, lugares y personas, sonidos, olores y fotografías, músicas, vestimentas y gastronomías, historia, cultura y paisajes, un abanico se despliega con amplitud ante tus ojos conforme vas recorriendo el mundo y el crisol de la especie humana con tus pies, mientras que por otro te vas vaciando de verdades como se vaciaría una bañera al quitarle el tapón, como si te fueras deshaciendo de todos los paradigmas y discursos que conocías, porque se han quedado pequeños y ya no explican la magnitud del universo que contemplas. Los pilares de tu cultura se resquebrajan cuando observas que no hay una verdad única, sino muchas formas diferentes de entender la realidad, los cimientos se tambalean al ver que lo que hasta entonces considerabas como válido deja de serlo, y te ves entonces en la necesidad de adoptar una mirada más amplia, un pensamiento más universal y lleno de posibilidades, dejar las cosas fluir sin tratar de retenerlas.

Un viaje es como el viento que barre tu espíritu de prejuicios y palabras sesgadas, como la lluvia que limpia los campos de una atmósfera viciada, como una casa que al vaciarla de muebles se llena de aire y de luz, un regreso a las raíces, un retorno a la sencillez.